Étiquette : desierto

  • La juventud saharaui atrapada en el desierto (documental)

    « Hamada » es el retrato de una juventud saharaui en los campamentos de refugiados de Tinduf, en Argelia. Pasan los días sin ningún tipo de actividad y no tienen perspectivas de futuro. Están atrapados por el conflicto del Sáhara Occidental que lleva enquistado 43 años.

    Según Rodríguez Serén, director de la publicación, « tiene una visión claramente feminista. Es una mujer muy determinada, muuy activa y muy osada. En ese sentido, al público le sorprende mucho porque el público tal vez no está acostumbrado a ver el retrato de una mujer árabe, musulmana y con esta determinación ».

    Tags : Sahara Occidental, Frente Polisario, Marruecos, Hamada, juventud, desierto, resistencia, mujer saharaui,

  • Los ojos apagados: relato de un saharaui

    Soy un guía. Siempre he sido un guía. Hoy, para complacerme, los guerrilleros dicen que soy « el libro del Sahara ». Pero sé que hay otros saharauis para quienes el desierto no tiene secretos.

    Los compañeros me llaman Mahmud, a veces Embarek. Los padres prefieren Salek. De hecho, mi nombre completo es Emhamed Mahmud Brahim Essalek. Es largo, ¿verdad? Como mi vida. No puedo decirles cuán infinitos me parecieron estos 50 años pasados en el desierto. Cuando veo algunas colinas o algunas pistas, me da la impresión de que tengo más memoria que las arenas. Sé, eso sí, que soy más viejo que las arenas de Fadrat Tijrit, esas no existían hace 20 años. Es el viento que las ha engendrado desde entonces. El viento del oeste, porque golpea las laderas con fuerza.

    Creo que siempre supe que mis padres querían hacer de mí una clave, una pista, un guía que diga el destino de los caminos, los diseños secretos de los ríos secos, los secretos de las arenas y las plantas. Mi abuelo, que participó en varias batallas contra los europeos, a menudo me decía: « Aprende bien tu país, conviértelo en un arma porque aquellos a los que rechazamos hoy volverán después ». Apenas tenía cinco años cuando mi abuelo me encomendó a un comerciante de plata que cruzaba el Sahara.

    Aprende el desierto

    El padre Othmane, así se llamaba, me enseñó sobre todo a callarme para escuchar mejor. Escuchar a la gente, a los animales también, a las piedras, a las plantas, al viento. Semanas después de un encuentro, me exigía que describiera fielmente a la gente y el lugar, que repitiera los términos intercambiados y el tono de las voces escuchadas. Cuando el padre Othmane estaba de buen humor, hablaba sobre todo de un desierto que yo nunca conocí.

    Debido a que estábamos constantemente sobre nuevas pistas, el Padre Othmane me enseñó a leer las estrellas. Hoy, es un cálculo muy complicado para mí explicar lo que entiendo, lo que naturalmente sé. Anteriormente, era necesario no solo que yo diera la respuesta exacta, sino también que dijera por qué lo era. Conozco la hora de las estrellas, el momento en el que aparecen al anochecer en el horizonte, y cuando desaparecen en el infinito. Conozco los desfases según los meses y las estaciones, sé sobre qué tierras se alzan las estrellas y hacia qué ciudades morirán. Cuando por la noche, el conductor del Land-Rover en el que estoy, frena bruscamente al ver los faros de un vehículo allá a lo lejos, sólo necesito unos pocos segundos para saber que no ses más que de una estrella y de cual se trata. Por supuesto, me divierte la inocencia del conductor, al igual que la manera con la que mi primer maestro se divertía con la mía.

    Cuando el vendedor de plata se instaló definitivamente en Noudhibu, regresé a mi tribu que nomadadizaba en ese momento entre Guelta Zemmour y Smara. Tenía 12 años y estaba sediento de conocer niños de mi edad. Mi madre me ofreció dos camellas, y otra de mi tía y me vio irme hacia el campamento de mi tío Salem, mi segunda escuela, la de los pastos y la paciencia. Un anciano tuerto, con el que me entretuve imitando a los mercaderes del sur de Mauritania, me convenció de que el círculo de las palabras es muy pobre, el del comercio aún más y que el secreto de la naturaleza era el único problema que merecía dedicación. Comprender y escuchar el espacio, adivinar el viento y descifrar sus carreras, conocer el sabor de las plantas y los meandros de la sed, vivir en la luz siempre, todo el tiempo y no desesperar, ese era el misterio. Pasé días y noches, a mi pesar, explorando el horizonte para localizar animales extraviados, leyendo las huellas y a escuchar los vientos y las arenas. Me convertí en un digno alumno del desierto y aprendí poco a poco la experiencia de la cría de ganado. Así, poco a poco fui asimilando plantas y animales, las piedras y las estrellas. Mucho antes de mi boda, podía decir si esta o aquella región contenía agua, a cuánta profundidad y en qué época del año.

    El silencio y el sol borraron lentamente los sueños de mi infancia. Mi memoria está poblada solo por horizontes, piedras y arena. Me acuerdo.

    Haz de eso un arma

    El tuerto sacó un pequeño saco y me preguntó de dónde provenía la arena. No supe qué responder, y con razón, el saco contenía arena de Arabia. La vergüenza de la ignorancia era lo que más temía. Para no volver a sufrirla, me comprometí a coleccionar muestras de tierra. Tomé un puñado de arena de cada región que descubría. Finalmente, cuando otros muchachos estaban orgullosos de tener mantequilla fresca, lo único que yo tenía como fortuna era unos sacos de arena, y mi ganado llevaba el nombre de mi padre.

    A menudo me hacía preguntas sobre las recomendaciones de mi abuelo sobre el enemigo que algún día regresaría al Sahara y cuyo turno me tocaba a mí combatir. Sin embargo, estaba desesperado por ver a los otros niños ignorar todo sobre esta amenaza, los imperativos que exigía. Hoy, por supuesto, me doy cuenta de que realicé lo que mi abuelo esperaba de mí: conozco el desierto, conozco muchos de sus secretos. Es este conocimiento que hace esté seguro del fracaso de los soldados marroquíes. No tienen ni idea del espacio, no conocen el terreno. No tienen ninguna enseñanza de estas montañas, estos ríos muertos, este sol implacable, estas estrellas caprichosas, de estas arenas tan movedizas como lo son los guerrilleros. ¿Cómo pueden creer en una victoria que la naturaleza obviamente les niega, eso es lo que aún me sorprende y hace que me dé cuenta de que el mundo ha cambiado, que las armas nos han hecho creer que eran la única clave de la guerra. Una guerra entendida fuera del tiempo y del espacio es solo el sueño de un loco. El mercader de plata lo habría dicho, estoy seguro.

    Sí, a menudo se lo digo a los jóvenes revolucionarios que me hacen hablar del Sahara y no lo han conocido. Les recuerdo que no tienen ningún lugar fuerte para defender, que tienen todo el desierto para moverse, que nunca deben participar en una batalla decisiva, sino fraccionar la defensa de su país en mil y un ataques potentes y móviles, teniendo el tiempo a su servicio, a su favor. No, no, no tengo estos consejos desde mi infancia. Sólo hay que buscar en cada cosa, tratar de adivinar el comportamiento de elementos del desierto en conflicto. Eso es lo que suelo hacer. Los marroquíes proceden como bestias pesadas que ponen todo su ataque en un asalto. Sería necesario si el espacio se lo permitiera, si tuvieran un objetivo para atacar. Pero solo encuentran fantasmas delante de ellos. Fantasmas que se aliaron con los vientos, el frío, las quemaduras mortales del sol, la sed del desierto y el tiempo que pasa, que consume y que destruye.

    Sí, ya sé que la naturaleza humana es impaciente. Mis jóvenes compañeros no siempre saben estar a la altura del desierto. En lugar de dejar que el convoy enemigo caiga en una región con poca capacidad defensiva, se apresuran demasiado pronto y pierden, así, parte de la ventaja. El conocimiento del terreno les ha dado ejemplos inolvidables, las batallas de Amgala, de Gueltet Zemmour, Tafoudart y otras muchas.

    Como ? No, desgraciadamente, ya no estoy en el combate propiamente dicho. Mis ojos se han extinguido por el sol de las pistas y las armas de los guerrilleros me son más extrañas que las nieves. Sólo soy un guía. Un guía. Mis amigos, para complacerme, dicen que soy « el libro del desierto ». Pero sé que hay otros saharauis que tienen una inagotable memoria del desierto. Ellos ven bien. Solo mis dedos me hablan de la finura de la arena que piso …

    Fuente: Sahara-Info, marzo-abril de 1980.

    Etiquetas: Sahara Occidental, Marruecos, desierto, terreno, guía, cultura,

  • Maestros entre dunas

    Que bonita la vida
    Que da todo de golpe
    Y luego te lo quita
    Te hace sentir culpable
    A veces cuenta contigo
    A veces ni te mira
    Que bonita la vida.

    Que bonita la vida -Dani Martín-

    Ya llega, ya está aquí, casi puedo sentirlo. Si en un futuro me preguntan, diré haberlo dicho y con orgullo, me han dado clases en los Campamentos de Refugiados Saharauis, maestros que no eran maestros. Y afirmaré haberlo dicho mil veces porque ya saben que soy muy aficionada a contar cómo era aquel lugar y cómo fueron aquellos años ¡ay esos años!.

    Ha pasado tanto tiempo y tantas cosas que no sabría por dónde empezar. Te sorprenderías al conocer algunas, otras te entristecerían y con las de más allá reirías a carcajadas, seguro. Como me hubiera gustado tener cuadernos, una pizarra digital, ir al gimnasio o por lo mismo salir al patio y que sea una especie de parque en mi mismo colegio. Algo hubiera cambiado, seguro.

    En ocasiones se me hace imposible escribir sobre esa época, y tengo que hacer una especie de ejercicio emocional para contener las lágrimas. Pero rápidamente, mi cara dibuja una tímida sonrisa de satisfacción, me doy cuenta de todas las cosas que han cambiado desde entonces. De cómo habíamos cambiado en estos años. Todo igual, pero a la vez diferente, ya sabes. Todo cambia.

    Bueno, a lo que iba, tengo unas ganas terribles de volver a ese paraíso que tanta vida dio en el lugar más inhóspito del planeta, y perder la noción del tiempo y del espacio, tengo ganas de la noche de las mil estrellas – toda una tradición, os comento –, tengo ganas de ratos jugando, y esas mañanas que bien temprano los rallos de sol cada vez se adelantan más. Tengo ganas de contaros lo que está por venir. Tengo ganas de pies descalzos, melhfas de colores. De bailes, de reencuentros, de infinitos saludos. Tengo ganas de paseos al atardecer y cus-cus para comer.

    También, tengo ganas de risas infinitas y juegos improvisados. De hablar, de explicar. Tengo ganas de lo mejor. De sonrisas cómplices y gestos que delatan. Tengo ganas de llegar con el reloj puesto y aprender a vivir sin él por unos días. Tengo ganas de desconexión, de perder la clave del wifi de manera intencionada, de no saber si es lunes o sábado porque lo que realmente importa es si hoy comemos en casa o nos quedamos donde la vecina. Tengo ganas de disfrutar ese silencio, mientras todos duermen, con calma y siempre pensando lo mismo, ¡que injusto es el mundo, pero sobre todo, que injusto con ellos!

    Tengo ganas de hacer algo por ellos (y por mucho que haga, sé que nunca es suficiente), de disfrutar de ese noble arte que sólo los saharauis saben transmitir, de dejarme llevar y contemplar el atardecer mientras me resisto a entrar en la jaima. No hay duda de que es el mejor momento del día, por eso no entiendo a la gente que se va justo en ese instante, creo que se pierden lo bueno de verdad. Tengo ganas de disfrutar como siempre y vivir como nunca. Tengo ganas de celebrar lo que sea, sin motivo o con todos de golpe. Porque cualquier momento es bueno para compartir con ellos.

    Tengo ganas de seguir sumando proyectos, ilusiones y, si es posible, multiplicando. De seguir planeando. De seguir siendo. En definitiva, de seguir soñando. Porque a fin de cuentas es lo que le da el punto interesante a todo esto. Por todos estos motivos – y algunos más –doy por iniciado al proyecto MAESTROS ENTRE DUNAS, sí a eso, que con tanto recelo por otra parte he mirado en tantas ocasiones. Ganas mil, y motivación a tropecientos, pero sobre todo ilusión.

    Jóvenes, comprometidos, y con tanto por dar, desde aquí GRACIAS, y por supuesto; me quito el sombrero, seréis buenos maestros de eso -no tengo duda-, pero personas como vosotros ojalá más, porque mejor, lo dudo.

    Pd: Os hablaba del proyecto de las ganas que tienen, pero no de quienes son; son jóvenes universitarios “Entre dunas” que van a ir a los Campamentos de Refugiados Saharauis a llevar material a las diferentes escuelas, pero sobre todo; trabajar, enseñar y motivar. De nuevo, como Saharaui, GRACIAS, sois grandes!!!

    Benda Lehbib Lebsir

    Fotografías: Denis Morín

    Tags : Sahara Occidental, Marruecos, Frente Polisario, refugiados, exilio, desierto, maestros,

    Fuente: 1niñosaharaui

  • Sahara Occidental : La magia de las estrellas

    LAS ESTRELLAS

    Por Benda Lehbib Lebsir

    Esa gente que sabe cómo, cuándo y dónde hacerse presente con un abrazo, una palabra, o un me quedo. Esa, es imprescindible.

    Dicen que creer que algo es posible, es el primer paso para hacerlo cierto, dicen. También dicen que, cuando piensas en positivo automáticamente, el cerebro empieza a mandar mensajes positivos y todo lo que te rodea pasa a ser positivo. Que es un poco cuestión de cómo vemos las cosas, como concebimos lo que nos rodea, pero sobre todo; como nos tomamos las situaciones.

    Y como siempre digo, hay momentos en los que nos tomamos un café con la suerte, y otras, la suerte se toma el café con nosotros. Pero entre una y otra ronda, siempre cabe un poquito la imaginación.

    Microcuento:

    El cielo azul ejercía una influencia sobrenatural en ella. La atraía como un imán que no ofrece posibilidad ninguna de resistirte. Implacable, fuerte y potente. Una fuerza que te absorbe, que te emboba y te cautiva, sin tregua y sin remedio.

    Bajo él, se sentía como un pequeño punto perdido en la inmensidad. Sin comas ni signos que lo acompañen.

    Sin tener esa costumbre, le encantaba salir de paseo por el barrio, de la Daira donde se alojaba. Aquel que conocía como la palma de su mano y donde se sentía libre como un pajarillo. Eran esas noches en las que acababa tumbada en algún lugar del amplio desierto, más allá del límite que marca las cuerdas de las jaimas y de aquella tenue luz que iluminaba aquel pintoresco poblado.

    Y así solía perder la noción del tiempo, mientras contemplaba el cielo en las noches claras. El silencio de la noche, solo era interrumpido por algún que otro vehículo que pasaba por ahí. Sentía la fría arena acariciándole la piel, la brisa traía sonidos aislados y singulares, pero extrañamente, nunca la inquietaban.

    Ahí se quedaba ella. Ajena a lo que pasara más allá de sus ojos y absorta en su propio mundo. Se dejaba perder en aquel manto de llanuras desérticas, cuya oscuridad se diluía en el fulgor de infinitas estrellas. Algunas de ellas, tímidas y tenues, se ocultaban entre las más resueltas y enérgicas. Y supongo, que de ahí nació el dicho que aquel lugar, era el hotel de las mil estrellas. ¡y que verdad!.

    Le gustaba aquello de pedir deseos a las estrellas fugaces. Pensaba que cerrando los ojos hacía más fuerza para que se cumplieran. Que si lo deseaba con todas sus fuerzas se realizarían. Soñadora despierta y empedernida. Cualquier momento era bueno para dejar volar la imaginación, pero cuando las luces se encendían tras caer el sol, era el más especial.

    La cuestión era no dejar de creer.

    Creía en la magia de las constelaciones y en la fuerza del universo. Ese que dicen que puede conspirar a tu favor para ayudarte a conseguir todo aquello que te propongas. Quizá no sea cierto, pero a todos nos gusta creer en ello.

    Creía en la ilusión que mueve a la gente, en la magia de los atardeceres y en el desconocido futuro. En ella misma y en los demás. En el hechizo de la luna y en los deseos por cumplir que prometen las estrellas.

    Creía en el valor de la sencillez, por ver tanta vida en aquel lejano lugar y tan pobre de recursos y tan rico en valores, ¡qué curioso, verdad!.

    Creía que casi todo es posible, pero sólo si se intenta. Que de nada sirve correr, si no miras lo que pasa delante de tus ojos; mejor caminar y no perderte detalle. Quedarte hasta con lo más pequeño, aquello que pasa desapercibido totalmente, es lo que contarás el día de mañana.

    Su imaginación la llevaba a recorrer el universo, de principio a fin, sin dejarse nada, yendo allá donde quisiera en cada momento. Como hacía el Principito, ese cuento que desde que leyó pasó a ocupar un lugar privilegiado en su estantería.

    En su viaje conocería a historias y extraños personajes, a cada cual más loco. Hablaría con desconocidos y se engancharía aquel lugar, y cuando volviera a su pequeño planeta, podría escribir muchos cuentos sobre todo, de ellos.

    “Hay almas a las que uno tiene ganas de asomarse, como a una ventana llena de sol” (Federico García Lorca)

    Benda Lehbib Lebsir.

    Fuente: 1saharaui

    Tags : Sahara Occidental, campamentos, refugiados saharauis, Tinduf, desierto, magia, estrellas, cielo azul,

  • Antropología: Verano en la cultura del pueblo del Sahara Occidental

    La cultura del verano y sus ingredientes antropológicos, un factor más de identidad que define y diferencia el pueblo del Sahara Occidental de su entorno geográfico-cultural.

    Vídeo: Ali Salem Iselmu.

    La abuela sin agua en el desierto. Extractos del libro « La maestra que me enseñó en una tabla de madera », de Bahia Mahmuh Awah. Editorial Sepha-Última Línea.

    (…) Mi abuela Nisha fue una mujer que desde muy joven se curtió en los azotes e inclemencias de la naturaleza de la badia[1] y conocía perfectamente la geografía del territorio, su fauna y flora. Era el centro sobre el que giraba toda la familia, al quedarse viuda siendo aún joven y fuerte. Contaba mi tío Moulud que una vez la familia tenía su acampada en la región de Eselb, cerca de la localidad de Bir Enzaran, debía ser hacia el año 1971, y era un verano muy caluroso y fuerte en Tiris Central.

    Los hijos mayores de Nisha, Alati y Mohamed, prepararon sus dromedarios para traer agua desde muy lejos, lo que llaman los beduinos errualla[2]. El viaje en busca de agua a veces dura un día si los pozos no están lejos y a veces se complica la búsqueda y tardan más de lo previsto.

    Nisha se quedó con el resto de la familia y los dos nietos pequeños, mi primo Ehmoidilat y Muhamiyu, mi hermano, que fue criado de pequeño por la abuela. Pasados varios días no llegaba errualla y el agua que tenía la abuela se había ido agotando, a pesar de la severa racionalización que ella llevaba, intentando ganar tiempo mientras regresaban sus hijos con el agua.

    Pero el calor y su irifi[3] de smayem[4] podían con los más intrépidos y cautos, especialmente durante esa estación del verano, deshidratando los animales y poniendo en riesgo a sus amos. Los dos niños no cesaban de llorar para que les diera de beber y ella intentaba calmarlos con sorbitos en un vaso de los pequeños con los que preparamos el té para que no se deshidrataran. Finalmente decidió enterrar a los dos pequeños debajo de su amsakab[5] porque allí no llegaba tanto sol y siempre guardaba un poco de humedad. (…)


    [1] Campos verdes con pastos y agua en el desierto del Sahara Occidental y Mauritania.

    [2] En la cultura saharaui, errualla es la misión de búsqueda de agua para la familia que realiza uno o varios hombres a lomos de camellos.

    [3] Vientos que soplan con aire caliente en los veranos desde julio a agosto.

    [4] Aparición en el cielo de unas constelaciones en el verano, donde el calor alcanza sus máximas temperaturas dejando inevitables víctimas entre los animales y las personas.

    [5] Montura femenina del camello. Cuando se acampa sirve de armario en la jaima para guardar comida y enseres.

    Fuente: Generación de la Amistad Saharaui, 15/04/2019

    Tags : Sahara Occidental, escuela coránica, costumbres, hábitos, cultura, tradición, desierto, agua, sequía,